La República Argentina desde su nacimiento es rica en acontecimientos que marcaron hitos significativos en su historia. Sin que sea una lista completa o indicativa podemos señalar: 1810, 1816, 1853, 1860, 1880, 1930, 1945, 1949, 1955, 1974, 1976, 1983, 1994, 2001, 2008… con sus hechos positivos y negativos, esta es nuestra circunstancia, nuestra actualidad.
Hoy, cuando la presidente reclama en la ONU diálogo por las Islas Malvinas (“no estamos pidiendo que nos den la razón”) ese mismo clamor surge de gran parte de la sociedad argentina por los problemas e intereses que afectan la convivencia nacional. Dialogar es hablar, sostener un diálogo (diálogo es “Charla entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”). En la Argentina actual la falta de diálogo es el peor de los caminos para que crezcan –hasta el fanatismo– los ideologismos, la intemperancia y el encapsulamiento de la sociedad, creando amigos-enemigos, a favor y en contra, a la división clasista en fin.
La actividad agropecuaria por su naturaleza necesita de la previsión más que ninguna otra arte o industria. Estrechamente vinculada a los ciclos de la naturaleza, factores primarios que hacen a su propia esencia, no puede estar sujeta a la intemperancia y a los caprichos de los gerentes de turno. Debe estar acompañada de una política de largo plazo que comprenda a toda la cadena productiva y de comercialización para que pueda funcionar. La tecnología sólo se puede incorporar si se tiene posibilidad de programar. Y esto es cierto para las regiones como para los emprendimientos individuales. La economía nacional, es la suma de las economías regionales, y estas la suma de las economías de los productores pequeños, medianos o grandes a nivel local. El Centro Argentino de Ingenieros Agrónomos (CADIA) nacida en 1906 quiere dejar también su opinión en el gran debate que nos merecemos los argentinos. Son momentos de difícil cuantía. De falta de claridad y de crisis de la actividad política, monopolizada por el ejercicio del poder. La ausencia de federalismo, la declamación de proyectos, programas e inauguraciones que no se concretan. La imprevisión, la inexistencia de una programa a seguir, de la nula explicación de las medidas que se toman. El virtual congelamiento de la Constitución Nacional con el no respeto de la división de poderes. La ausencia de la República, con la claridad de los actos de gobierno que limitan su propio accionar. Límites. De todo este presente nadie que vive en la Argentina puede sentirse no responsable. Lo que sí debe diferenciarse es el grado de esa responsabilidad. Definitivamente algunos la tienen en mayor medida.


